¿Y si pensáramos de otra manera? Parte I

Sobre el cuerpo tenemos muchas ideas heredadas, que creemos al pie de la letra. Como, por ejemplo, la idea de que debemos sufrir para estar bien o la de que a partir de cierta edad, ya no se puede cambiar nada, que sólo queda sobrellevar, y ya está. ¿Y si nos cuestionáramos estas ideas preconcebidas, estos tópicos sobre el cuerpo? ¿Y si dejáramos de sufrir para estar bien? ¿Y si hiciéramos caso a lo que sentimos realmente en vez de a lo que oímos por ahí? ¿Y si aprendiéramos a observar y pensar nuestro cuerpo de otra manera?

Parte I “Hacer deporte es bueno para la salud”

Esta afirmación circula por las calles, la vemos anunciada en los diarios, llena los gimnasios. Pero ¿tiene el deporte todas las virtudes terapéuticas que se le atribuyen? Correr, nadar, andar en bicicleta, saltar, jugar al tenis, al fútbol, ¿es bueno para la salud? Sí, nos aseguran, hay estudios científicos que lo avalan. Pero ¿y si la respuesta no fuese tan clara? ¿y si dependiera del deporte? ¿y si dependiera de la persona que lo practica? ¿y si dependiera del placer que obtiene uno al practicarlo? Sí, hablemos de placer.

Para algunos, muchos, es un verdadero placer poner el cuerpo en movimiento y sentirlo “vivo”. Ese placer se explica en parte por las endorfinas, verdaderas hormonas del placer, segregadas durante y tras el esfuerzo realizado por nuestro organismo, y que ayudan a combatir ciertos problemas psicológicos como la angustia, la ansiedad o la depresión. También hay un placer innegable en trabajar la forma del propio cuerpo, en modificarlo, en ver cómo se desarrollan los músculos o cómo nos libramos de los kilos que tenemos de más. También es un placer superar los límites de nuestro cuerpo, de esa especie de armadura muscular y escapar de sus constricciones.

Pero ¿qué consecuencias tiene realmente el deporte en nuestra carne y nuestros músculos? ¿qué ocurre en nuestro cuerpo cuando corremos, nadamos, pedaleamos o pateamos una pelota? Si todo marcha bien y nuestra musculatura está equilibrada, uno puede hacer todo el deporte que quiera. El cuerpo se adapta. Los músculos que se contraen durante el esfuerzo se relajan de forma natural. Pero si todo no está bien, si los músculos ya están muy tensos, si hay acortamientos, en vez de distenderlos un corre el riesgo de agravar la situación. En lugar de mejorar, uno se arriesga a sufrir contracturas. Correr con los músculos de las piernas y de la espalda demasiado contraídos, solo servirá para agarrotarlos más. Pedalear separando las piernas cuando la zona lumbar ya está contraída y encogida solo la hundirá más. En vez de “fortaleces las piernas”, se fastidiarán los riñones. Levantar la cabeza para ver el camino hace que se acorte el cuello. Y lo mismo pasa si nadamos pecho al sacar la cabeza para respirar. Nadar crol o espalda obliga a estirar los brazos, a elevarlos por encima de la cabeza y, por tanto, muy probable a contraer el dorsal ancho, lo que acorta aún más la espalda. Lo mismo ocurre con el tenis: golpear una pelota con una raqueta hace que estiremos el brazo, pero no el cuerpo. Ahora bien, no hay que privarse del placer de hacer deporte. Pero sí debemos estar atentos a cómo lo hacemos, observarnos y escuchar las señales de alarma que nos envía el cuerpo.

Tenemos que saber dosificar nuestros esfuerzos. No nos excedamos confiando en que “esto es bueno para la salud”. Hagamos deporte por el placer de jugar, de compartir y también por el esfuerzo mismo que implica, pero no por deber.